Hace no muchos años que en España parecieron
extinguirse, perderse en la lejanía de los tiempos y las brumas de la memoria.
En los años de bonanza los limpiabotas fueron uno de esos oficios que
desaparecieron, que no eran dignos de una sociedad avanzada, hija del nuevo
siglo y de los prósperos tiempos. También desaparecieron ─o casi─ los zapateros
remendones, casi nadie arreglaban sus zapatos, simplemente los tiraban y
compraban otros. Lo mismo ocurría con las modistas, o las personas que
arreglaban la ropa que había quedado pequeña o grande, que pasaban de hermano
mayor a hermano pequeño y era necesario adaptar a cada cuerpo, y que ya no eran
necesarias. Las épocas de vacas gordas son así, para que arreglar o adaptar si
se puede tirar y comprar de nuevo.
Eran oficios que a las nuevas generaciones les sonaban
raros, extraños, para que sirve un limpiabotas en la época de las zapatillas deportivas,
de las botas de plástico o de las sandalias de silicona. Para que quiero un
zapatero que me recomponga el calzado, si las tapas, las suelas, o los filis me
cuestan más que comprar otros nuevos en una de esas tiendas ─todas iguales en
la geografía mundial─, que se abren en cualquier centro urbano, o macro centro
comercial y que venden barato y bonito ─supongo─. Pero desde luego no bueno.
Los limpiabotas fueron al igual que los serenos, o los barrenderos
que baldeaban las calles con agua durante las madrugadas, un ejemplo de la idiosincrasia
y alma de las grandes ciudades españolas. Por mi edad no conocí a los serenos, aunque
he oído múltiples historias sobre ellos, sobre todo las que mi padre me cuenta de
Pelayo, el sereno de origen asturiano que rondaba las calles adyacentes a
Fuencarral y Hortaleza en Madrid, y al que a ciertas horas de la madrugada era necesario
ayudar a abrir las puertas, pues los vahos del anís y el coñac que usaba para entrar
en calor, hacían que se le agitara el pulso, duplicándole las cerraduras.
Al que si llegué a conocer y tratar, fue al que
posiblemente sería el último cerillero y limpiabotas de Madrid, el último de Filipinas
del negocio. Trabajaba a diario en el Paseo de Recoletos madrileño, dentro del
Café Gijón, tenía el puesto montado sobre la pared que se encontraba a la
derecha según entrabas en el local, en el mismo sitio donde tras su jubilación se
colocó una máquina de tabaco ─por aquel entonces se podía fumar en cualquier
lugar─, hoy no sé qué ocupará su lugar. Se llamaba Alfonso, de origen leones,
hijo de un republicano asesinado en la guerra civil. Desde muy niño se había
buscado la vida como buenamente podía, pero antes de cerillero sobre todo había
sido ferroviario. Después de nombrar su antiguo oficio, creo que no es
necesario aclarar que era anarquista por convicción y ateo casi militante. Un
tipo poco hablador, un tanto huraño, sobre todo con los que se dejaban la
puerta del café abierta tras entrar o salir del local ─repetía tanto la frase; las puertas están para cerrarse, que
hasta Mingote le dedicó una viñeta que hoy cuelga sobre la barra, junto a la
dichosa puerta─, pero que bajo esa capa de rezongón escondía una gran persona.
Siempre vestido con mono de trabajo azul oscuro ─de Drill─ y botas marrones de
piel vuelta, conservaba junto al mueble donde vendía tabaco ─suelto y en
paquete─, y lotería nacional, la caja de madera con el sujeta pies en goma
negra, y la banqueta para lustrar los zapatos de los clientes que se lo
demandaran. Alfonso se jubiló hace años ─creo que ya falleció─, y cuando se fue,
su lugar además de la maquina expendedora de tabaco lo ocupó un pequeño retrato
con su imagen, llevado a cabo por el mismo pintor que ha realizado los retratos
de los grandes hombres de las letras que han pasado por el café madrileño, y
que decoran el restaurante de la plata baja del café, y las paredes de la
cervecería del Gijón en la calle Almirante. Bajo la pintura una placa colocada
por sus amigos en la que se puede leer: Aquí
vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso; cerillero y anarquista.
Ahora parece que con la nueva crisis económica, los
viejos oficios, perdidos que no olvidados, vuelven a hacerse con un puesto en
nuestra sociedad. Cada vez hay más tiendas en las que se arregla ropa, cada vez
más zapateros ofrecen sus servicios, y de nuevo aparecen en las puertas de los
cafés y en las esquinas de las amplias avenidas los limpiabotas, y no solo en
Buenos Aires, pues al final del pasado año ─la última vez que paseé por el
centro de Madrid─, volví a ver a los limpias
en sus lugares clásicos de la Gran Vía; la puerta del Palacio de la Música y el
viejo cine Avenida, que albergaba la sala de fiestas Pasapoga.
Recuerdo mucho a Alfonso cuando cruzo avenida de Mayo, o
paseo por la calle Florida y veo a los limpiabotas ─los del lustre les llaman
aquí─, que se ganan la vida sacando brillo a las pocas botas y zapatos que hoy
andan por las calles bonaerenses, doblando con parsimonia sus trapos
oscurecidos por el betún, y preparando sus tarros de cera y crema para el
próximo servicio, el cual, por desgracia para ellos y para la memoria
comunitaria cada vez tarda más en llegar.
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