lunes, 4 de mayo de 2015

ME LLAMO DARÍO Y TENGO SIETE AÑOS


           Estación de subte o metro de Pueyrredon, línea D. Subsuelo de Buenos Aires. Era la primera hora de la noche del domingo, la línea iba llena pero no tan atiborrada de gente como lo hace entre semana. Justo sobre el sonido de la bocina que avisaba del cierre de las puertas herméticas del vagón se coló un chico en el interior. No levantaba más de un metro y medio, vestía pantalón vaquero sucio y polo amarrillo ajado. 

            Se colocó en la mitad del pasillo, justo frente a la puerta por la que acababa de entrar. Una vez que el tren se puso en marcha, colocó en el suelo un vaso de cartón, de los que dan en los restaurantes de comida rápida y comenzó a hablar. Hola me llamó Darío ─dijo en voz baja─, y tengo siete años. Acto seguido sacó cuatro pelotas de plástico de diferentes colores: amarillo, verde, rojo y azul. Poniéndose a lanzarlas al aire, haciendo malabares realmente agiles y complicados para su corta edad.

            Después amplió los movimientos,  pasándose las bolas por dejado de las piernas, lanzándolas al aire hasta que golpeaban el techo del convoy, recogiéndolas al caer entre el hueco dejado por la parte trasera de su cuello y la parte baja de la cabeza. Repitió el movimiento en varias ocasiones, para después sujetar las pelotas como buenamente podía en una mano, mientras usaba la otra para levantar el vaso arrugado y sucio. Comenzó así a pasarlo entre los usuarios del metro. Llenándolo de billetes de bajo valor casi de inmediato. Después salió corriendo al vagón de al lado donde comenzó de nuevo con la demostración.

            Unas horas antes, en la misma línea y prácticamente en la misma estación, se subió una chica de unos doce años. Vestía un chándal rosa, con la cara de Mickey Mouse estampado en la chaqueta. Comenzó a repartir unos pequeños papeles mal recortados y peor fotocopiados, donde pedía por favor una ayuda, a la vez que daba las gracias. Después, tras acabar de repartirlos por el vagón comenzó el viaje a la inversa, recogiendo los papeles y los billetes, o  monedas que la gente le aportaba. Ambos niños mendigaban y viajaban solos, sin adultos. 

            Supongo que sus padres, o tutores, no estarían muy lejos de la línea de subte, esperando que los chicos aparezcan entre la multitud para hacerse con la recaudación, y enviarlos de nuevo al interior de servicio público. Es realmente triste en la época que vivimos, en la sociedad que creemos tan avanzada, moral y ética, encontrarse con menores realizando estas actividades espoleados por sus padres. Qué futuro les espera cuando desde pequeños son obligados a pasar horas mendigando dinero con burdos trucos de feriante venido a menos, o simplemente avivando la lastima de los futuros donantes. Lo peor de todo es que a la mayor parte de la gente no le sorprendía, ni siquiera les llamaba la atención. No se inmutaban al ver a niños, a niños sin infancia y lo que es peor, sin futuro, mendigando unos pesos para que sus padres en el mejor de los casos compren comida. En el más habitual se lo gasten en drogas, que serán de nuevo otro ejemplo de vida, de mala vida, que seguirán los niños. Una historia encadenada con un futuro descarrilamiento que tristemente todos podemos adivinar. De nuevo los Nadie.

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