miércoles, 18 de marzo de 2015

EL VIEJO TRANSBORDADOR


            Supongo que es normal. Que no le hagan mucho caso digo. Pues a pesar de que cuando llegas a la zona de Riachuelo, montado en el viejo colectivo número 29, es lo primero que ves, la gente ─turistas sobre todo─ llega hasta allí buscando otra cosa. Pero yo las contemplo con cariño, son las dos estructuras magnificas y titánicas que se enfrentan en mi camino, creciendo sobre mi cabeza a cada metro que avanzo hacía ellas. Pero cuando el transporte público se detiene junto a la vereda derecha de la avenida don Pedro de Mendoza, a unos pocos metros del mundialmente famoso Caminito, las vistas del puente y del transbordador de Nicolás Avellaneda pasan a un segundo plano, a veces a un tercero. Soy el único que se baja del colectivo y se acerca a la barandilla metálica junto al Riachuelo para obsérvalos en su grandiosa soledad. Me parece una imagen icónica de la ciudad y de sus gentes. Las de antes y las de ahora. 

            Es así de triste. Los turistas, sobre todos lo que viajan con la cámara de fotos intentando inmortalizar todo lo que se postra ante sus pasos, para después enseñárselo a los amigos y familiares a la vuelta, son los que más perdidos andan por la ciudad. Los que menos la disfrutan y los que más detalles se pierden, aunque por su forma de actuar y fotografiarlo todo pueda parecer lo contrario. Se autoengañan, y ese es el peor de los engaños.

                 Estos visitadores olvidan lo visto unos segundos antes, pues en su gran mayoría no saben, aunque me temo que tampoco quieren, entender la ciudad que visitan. Que colonizan en algunos casos haciéndola invivible. Hace años que los observo en todas las grandes ciudades y nunca dejan de sorprenderme por su forma de actuar, egoísta y urbanicida. Hasta he llegado a analizar sus diferentes actuaciones repetitivas para diagnosticar el síndrome que los afecta: el síndrome de la memoria de pez lo he llamado.

Parece ser que olvidan al instante lo que acaban de ver, por ellos lo fotografían hasta el hartazgo. Como su memoria de pez les ataca pronto no saben explicar las sensaciones de lo vivido a sus familiares y amigos cuando vuelven a su país, a su casa. Por ello tiran de tarjeta de memoria y muestran las miles de fotos realizadas en el viaje. Describiendo lo que se ve en la pantalla, como si sus víctimas, las que se tienen que tragar las dos o tres horas de fotos digitales pasando una a una en la pantalla de un ordenador, fuesen estúpidos y no fueran capaces de entender que lo que sale en la imagen es un edificio, una plaza o un señor vendiendo maní en la puerta de unos grandes almacenes. Lo hacen porque no son capaces de describir la sensación que sintieron al llegar a un lugar, o los sentimientos que le produjeron los diferentes tratos con las personas locales. No son capaces de ello porque han perdido todo el tiempo de su viaje apuntando con un objetivo y apretando un botón. Tienen fotos pero no vivencias. O no tantas como deberían o podrían haber conseguido.

         Nunca he entendido la necesidad asfixiante de inmortalizarlo todo en una cámara. No soy una persona anti fotografías ni mucho menos, yo también las hago, son bonitos recuerdos, pero no por ello dejo de disfrutar de un momento único por inmortalizarlo para enseñárselo a los demás. En ocasiones hay que ser consciente de que la vida nos pone cosas delante para que las disfrutemos, no para que las compartamos en las redes sociales. De todas maneras he de reconocer que si odio, o la menos detesto bastante, las mareas de turistas que avanzan por las calles de las ciudades pastoreados por un tipo, o tipa, que lleva un paraguas o un palo terminado en algún tipo de seña colorida a modo de cayado urbano. Esas mareas humanas que de pronto arrasan la tranquilidad del centro histórico de cualquier urbe mientras paseas por ella, o tomas un café o una cerveza en una de sus terrazas utilizando la tranquilidad de la mañana, o la tarde, para charlar con un amigo o trabajar un rato mientras te da el aire y el sol. Da igual que estés en una ciudad de la meseta castellana, en un pequeño pueblo de la Toscana, o sentado en una terraza sobre una calle empedrada del antiguo París. Allí aparecen y, si no estás alerta, te noquearán con su marcha grupal. Golpean con sus utensilios, bolsos o mochilas, tú taza de café, empapando con el negro líquido todos tus papeles o tus pantalones. Después, desaparecerán detrás del paraguas del guía, difuminados en la perfecta excusa para los despistados que gustan serlo que es un grupo de turistas, sin ni siquiera disculparse por haber derramado tu bebida o manchado tus pertenencias. Y no lo hacen porque caminan embobados, buscando tomar el mayor número de imágenes posibles, sin percatarse de los molestos y maleducados que pueden llegar a ser. 

            El caso, y perdonen que me vaya por las ramas, es que a este transbordador de la Boca, tan denostado por los turistas de cámara rápida y memoria lenta, hay que hacerle justicia. Al menos yo lo creo así. Más aun conociendo su historia. Es una estructura extraña, cierto, pero majestuosa sin duda. En realidad lo son las dos, porque se habla normalmente del puente más moderno, el rojo, el que se posa sobre las bases de hormigón: el puente de Nicolás Avellaneda. Pero a su lado está el viejo transbordador del mismo nombre. Este transbordador de hierro negro se comenzó a construir en 1908 para conectar la ciudad de Buenos Aires con su provincia, cruzando el Riachuelo. Se inauguró en 1914 y permaneció en funcionamiento hasta el años 1960, siendo una de las mayores obras de ingeniería de la ciudad. Permitió ahorrar mucho tiempo a los trabajadores de la época, que cruzaban por él de un lado al otro del río. Además de dejar para la posteridad una estructura maravillosa para los que ahora nos acercamos a La Boca y disfrutamos del barrio mucho más allá de la calle de los edificios típicos, de tonalidades características y chapados en colores vivos.

Pasajeros subiendo al transbordador Nicolás de Avellaneda en 1936.


                Y eso que el presidente Carlos Menem estuvo a punto de arrebatárnoslo. De arrancarnos la satisfacción de observar al hermano pequeño de aquel otro transbordador que se inauguró allá por el año 1893 en Bilbao, uniendo Portugalete con las Arenas, y que se convirtió en el primero de ese estilo construido en el mundo. Pues bien, como les cuento, a punto estuvimos de perderlo para siempre, pues al gobierno de turno le pareció que al no hacer su labor inicial ya no valía para nada, y en el año 1994 estuvo a punto de venderlo al peso, en un lote de chatarra, junto a otros puentes ferroviarios del país. Por suerte la población, que normalmente tienen más sentido común y conciencia que sus gobernantes, lo impidió.

            Por ello, por conocer su historia, por conocer el bien que hizo con su funcionamiento a tantas personas, y por haber estado a punto de no poder conocerlo más allá de las fotografías, o de las pinturas de Quinquela Martín, me gusta pasear hasta el lugar, y observarlo detenidamente. Saborearlo apoyando el cuerpo sobre la baranda que asegura el vacío junto al río, ante Riachuelo, y pensar en todo lo que han visto y han sufrido esos hierros. Y lo siguen sufriendo hoy, cuando todo el mundo los ignora prefiriendo fotografiarse junto a la calle que recibe todos los mimos, pero que por mucho que lo intente a algunos no nos roba el amor hacía ese viejo transbordador.

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