lunes, 24 de agosto de 2015

HORACIO FERRER


            Uruguayo, pero tan Argentino como el Obelisco. Horacio Ferrer vivió la mayor parte de su vida en Buenos Aires, aquí luchó por el tango y por su gran obra, conseguir la creación de la Academia Nacional del Tango en la avenida de Mayo, la única del mundo. La mejor.

            Falleció a finales del año pasado, pocos días antes de navidad, y sus compañeros y amigos raudos corrieron a llevarle a cabo todos los homenajes que se merecía. El tango se volcó en ensalzar su memoria, pero no solo en los pequeños salones de la academia-que ahora lleva su nombre- o de las milongas de la capital argentina, de la uruguaya y de la ciudad de Rosario. El triángulo del tango rioplatense. Pocos meses tras mi llegada, en una de las tardes que me dirigía a tomar café en el Tortoni, me topé con una nueva escultura homenaje en la vereda, era él, con su pose natural cuando entonaba el tango. Yo no tuve la ocasión de conocerle en persona, pero la instalación de sus escultura corrió por la ciudad como la pólvora, y todo el que llegó a verle actuar o lo trató en la calle corrieron a contemplarlo. La opinión popular en ese día fue que era igual que Horacio.

            Me gustó el detalle, me gusta verlo ahí, parado en mitad de la verdea, casi junto al cordón. Los días de jaleo, cuando la fila para entrar al Tortoni se vuelve espesa y larga, y los turistas casi dan la vuelta a la vereda, es casi imposible caminar por ese lado de la calle, pues es muy normal que mucha gente se pare junto a la escultura que está casi en la puerta de café-en el portal anterior está la Academia Nacional de Tango-, para fotografiare con el último gran ídolo del tango que se fue por problemas cardiacos.

            En su infancia en Montevideo, vivió en una familia que había tenido amistad con Federico García Lorca, Antonio Nervo, Rubén Darío y Alfonsina Storni. Por lo que el pequeño Horacio quiso ser lo que veían en casa. Pronto comenzó a tener relación con los grandes nombres del tango, como Troilo, Piazzola, Filiberto, Manzi, Goyeneche, Pugliese…y un largo etcétera.

            Hace poco estuve en el interior de su última gran obra. En 1990 Ferrer se empeñó en dar a Buenos Aires una Academia Nacional del Tango, la primera del mundo, dotada de un museo con la historia del tango, con los instrumentos y objetos personales de los más grandes; resalta entre ellos, los sombreros de Gardel o el bandoneón de Troilo. Una biblioteca completa para que nunca se pierda la producción literaria del tango y una academia, donde académicos del ramo, se reunieran una vez por semana, para luchar y ampliar la difusión de su arte lo más lejos posible, tanto del país como del mundo.

            El día que visité la Academia, tuve de guía al secretario del lugar, también académico. El tipo cordial, orgulloso, nos contó varias anécdotas del lugar y de Horacio. Sobre todo, el asunto del nombre de las sillas de los académicos. En España por ejemplo, las sillas de los académicos de la lengua están bautizadas con las letras del alfabeto, tanto mayúsculas como minúsculas. En el caso de la Academia de Tango, las sillas están bautizadas con nombres de tango, no podía ser de otra manera. Los nombres se pusieron al azar, el académico llegaba a una urna y sacaba un papel con un nombre de tango, ese sería a partir de ese momento su silla, hasta la muerte. Ferrer, un galán a la antigua usanza, siempre bien vestido, educado y altivo, metió la mano y sacó el papel con el nombre de tango: Dandy. No podía haber sido de otra forma. 

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