lunes, 8 de junio de 2015

LA CUADRA DE LA DISCORDIA


          Desde luego no tienen la misma capacidad de atraer turistas, imágenes y flases fotogénicos que tiene la manzana de la discordia barcelonesa. Apenas lo hace el central de ellos, el Palacio Barolo, con sus formas exuberantes, y su historia extraña y oscura con la Divina Comedia de Dante de fondo, llamando la atención de algunos turistas que lo visitan, y de los habitantes de la ciudad que levantan la cabeza para observarlo mientras pasan caminado por las calles aledañas. Muchos de ellos preguntándose el porqué, o cual será su historia. Algunos posiblemente sin saber que se puede visitar, y que el edificio que tiene un hermano gemelo en Montevideo es una de las obras arquitectónicas principales de ambas ciudades, no por su belleza, sino por su  intrahistoria.

            Desde luego esta manzana ─esta cuadra─ bonaerense, no se puede igualar a la catalana, aunque no puedo dejar de compararlas, de pensar en la de la ciudad condal, cada vez que paso junto a la bonaerense (algo que por la cercanía de mi domicilio realizo varias veces cada día). El caso bonaerense solo cuenta con el Barolo como pieza fundamental, y con varios edificios colindantes e incluso enfrentados que muestran diferentes tipos de arquitectura contemporánea. Con sus torres culminadas por cúpulas de colores llamativos, la anomalía de sus formas en comparación con la rectitud de los edificios cercanos y el próximo parque de la plaza del Congreso, dan un toque especial, que junto a la avenida de Mayo hace que mi cabeza viaje al Paseo de Gracia barcelonés. Salvando las distancias por supuesto. Aquí salvo el Barolo los edificios no tienen nombre ni apellido, a diferencia de lo que ocurre en el  punto más significativo de la arquitectura modernista en el centro de la capital catalana. Al fin y al cabo las fechas son coincidentes, aunque la mente magnifica de Antoní Gaudí y de Lluís Domènech i Montaner ─entre otros─, solo estaban en un lugar, y ese lugar hoy es uno de los más mágicos de la ciudad de Barcelona, sobre todo cuando comienza a amanecer, y los colores del trencadís se abren camino junto al sol, huyendo de los brazos de la bruma mañanera de la ciudad.

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