lunes, 1 de junio de 2015

(DESA)SOSIEGO


           Pasear una tarde de domingo por el centro de Buenos Aires es lo más parecido a hacerlo por una ciudad fantasma. Solo encuentras alboroto  en los puntos de encuentro del turismo dominguero, como son el corazón de San Telmo o el mercado de la Recoleta, frente al cementerio de plaza Francia. Lo mismo ocurre con la zona donde los bonaerenses intentan buscar un lugar de esparcimiento para la jornada dominical, cerca del bosque de Palermo o en la Costanera Sur, donde se levanta la feria más popular de la ciudad, entre los edificios más caros y lujosos de Puerto Madero. El último día de la semana se entremezclan allí las estrategias y tejemanejes oscuros de las altas capas de la ciudad, con los quioscos ambulantes de asado y vísceras. Mientras peces gordos de la política y la economía buscan desde los rascacielos mejorar la economía y el bienestar social, sobre todo los suyos, en la parte baja, los niños corren por los jardines que recorren las inmediaciones de la monumental fuente de las Nereidas, mientras sus padres toman mate y comen chinchulines a la sombra de los primeros árboles del parque natural.

            Pero en el micro centro es diferente, la ciudad parece que se ha recogido, dejando las avenidas libres de personas y de coches, libre de ruido. Salgo a Corrientes doblando la esquina de Callao, y bajo por la acera de la derecha en dirección al Obelisco. Las tiendas permanecen prácticamente cerradas, a excepción de los quioscos y las heladerías, el Freddo de la esquina con Paraná está totalmente vacío, y los camareros del Banchero o de Las Cuartetas se encuentran de brazos cruzados, charlando tras la barra. Los teatros del Broadway porteño aún no han abierto sus puertas y parecen edificios muertos, sin luces ni corazón. Las librerías de segunda mano que abarrotan la avenida, y que entretienen a muchos paseantes, hoy tienen las puertas metálicas bajadas, mostrando las pintadas realizadas por manos nocturnas, que usan los espráis de colores para atacar a unos o defender a otros con su prosa más o menos acertada y correcta.

            Siempre me ha sorprendido como cambia los alrededores del obelisco de un domingo a un lunes, o de un sábado a un domingo. Lo que hoy es un balsa de aceite, donde la gente charla animadamente en los bancos de la plaza y algunas otras montan puestos de productos manuales, entre semana es una zona caótica donde no se puede ni pensar entre ruido de cláxones, frenazos y gritos de las decenas de manifestaciones que se dan cita bajo el símbolo patrio de la ciudad. Voces que se entrecortan entre el chirriar de la ciudad, que se apagan entre los ronquidos de los viejos motores de colectivos de otra época que se siguen moviendo por las avenidas bonaerenses, como si quisieran recordarnos algo, como si quisieran hacernos ver que a veces es necesario contar con elementos antiguos, para poder evolucionar socialmente sin que se quiebre el camino entre lo viejo y lo nuevo, el hilo conductor necesario para salir triunfante.

            Al final crucé 9 de Julio sin apenas tener que esperar para que los semáforos abrieran el mar de coches, otra cosa que solo ocurre los domingos, y cansado de ese silencio inquietante, una falsa tranquilidad que emana desde el centro de una ciudad de casi tres millones de habitantes me interné por Suipacha. Casi me detuve en la esquina, buscando tomar un café en La Ideal, mientras veía a amantes del tango de todas las edades dar rienda suelta a su sentimiento porteño en el salón central de la majestuosa confitería. Al llegar a su altura note que la puerta está cerrada, una celebración privada así lo obliga. Vuelta al desasosiego del silencio, nada de café ni de tango en La Ideal, hay domingos que es mejor quedarse en casa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario