jueves, 23 de abril de 2015

AQUELLAS TRISTES TARDES


            Como todos los días la lectura de una poesía, larga o corta, dulce o amarga, me acompaña con los primeros sorbos del café de la mañana, o con los finales del último de la tarde. Hay días como el de hoy, días del libro, de las letras, y sobre todo de los escritores y los lectores ─pues sin ambos no habría libros, ni empresa editorial que valga─, en los que apetece sumergirse en la dura, pero a la vez lucida, mirada de un tipo como Miguel Hernández. Posiblemente uno de los mayores poetas que ha dado España, y posiblemente también uno de los más tapados y olvidados durante muchos años. Hay quien tiene la fea e hiriente costumbre de juzgar a los intelectuales por sus ideologías, y no por sus obras. Será por ello que las poesías duran segundos, mientas las dictaduras lo hacen años. 
        Durante el tiempo que Hernández pasó en la cárcel hasta su muerte le perturbaban los recuerdos. Los de su hijo perdido, los de su amada perseguida, y los de su país en una guerra sangrienta entre hermanos. Allí construyó la columna vertebral de la poesía de la primera mitad del siglo XX. Allí escribió este poema, titulado Tristes guerras. Mientras recordaba las tristes tardes de guerra, aquellas tristes tardes. 


Tristes guerras

 si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes.


Tristes armas

 si no son las palabras.

Tristes. Tristes.


Tristes hombres

 si no mueren de amores.

Tristes. Tristes.

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