viernes, 28 de agosto de 2015

EL SABLE DEL GENERAL


            El paseo fue asunto de estado, las críticas y las alabanzas no se hicieron esperar, los partidarios de una y de otra idea no tardaron en lanzarse discursos encendidos y exabruptos en las tertulias televisivas y en los cafés. El asunto del traslado del sable del general San Martín desde su actual lugar de reposo, en el Regimiento de Infantería de Patricios en Palermo, a su nueva sala del Museo Histórico Nacional en San Telmo, alborotó más los ánimos de unos y de otros, marcando de nuevo la frontera del conmigo o contra a mí. Una situación social y política muy marcada en la Argentina y que parece un fiel reflejo de lo que también se hace en España. Lo malo se pega rápido y fueron muchos siglos de sangre mezclada.

            El caso es que dio igual que unos se quejaran, que se negaran al cambio de ubicación del mayor símbolo del prócer libertario de América Latina, pues el sable corvo del general San Martín después de muchos viajes, robos, desapariciones, acusaciones y alguna que otra restauración, llegó a la vitrina central de una nueva sala del museo, preparada solo para acogerle a él.

            Los problemas políticos, las pseudoideologías que todo lo embarran y las cabezonerías periodísticas, convirtieron lo que se suponía un día de fiesta en un continuo despilfarro de acusaciones y de teorías conspiranóicas de novela de ciencia ficción. Aderezado todo al final del recorrido, ya en el parque Lezama, por los palmeros gubernamentales. Un Sin Dios, que diría el bueno de José Luis Cuerda. 


          Recuerdo haber visto la primera parte del recorrido del traslado del sable por la televisión pública mientras tomaba el primer café de la mañana-era fin de semana-. El coche militar donde se exhibía el sable avanzaba despacio por la avenida del Libertador, rodeado de pomposos caballos y miembros de la infantería del regimiento de Patricios. Los atisbo parando junto a la Torre de los Ingleses, al lado de Retiro, para en la plaza San Martín rendir honor a los caídos en la guerra de las Malvinas-es curioso como en el país se rinde honor a los caídos en esa guerra, mientras no se escucha ni se atiende a los veteranos de la misma, que llevan meses acampados en la plaza de Mayo-, para después seguir avanzando por Leandro N. Alem hasta la catedral. Fue en ese momento, cuando el sable era desanclado del coche militar para entrar a rendir tributo a su antiguo dueño, el cual descansa en una de las capillas laterales de la catedral metropolitana de Buenos Aires, cuando apagué el televisor y decidí salir a la calle. Crucé avenida 9 de Julio y dejando atrás la avenida de Mayo, callejeé por Monserrat y San Telmo llegar a la parte baja de la avenida de la Independencia, esquina con paseo Colón.

            La afluencia no era masiva como supongo se había esperado en un primer momento, que fuera un día de fiesta cercano a un fin de semana no ayudaba a que los bonaerenses acudieran, pues muchos se encontraban fuera de la ciudad. Además, el cortejo se había trasladado de día para evitar la lluvia del sábado sin apenas haberse anunciado dicho cambio. Unos hacían fotos, otros aplaudían, la mayor parte miraba sin más. Recuerdo a unos bomberos casi a la altura del comienzo de La Boca, venían en su camión y al ver pasar el cortejo se bajaron y solemnemente se cuadraron ante la espada curva, pero poco más. El desfile siguió hasta el parque Lezama donde finalizaría con la llegada del sable a su nuevo hogar. Allí como digo le recibió la presidenta y un nutrido grupo de palmeros con banderas de diferentes partidos, algo que siempre me produce desazón y disgusto. Los héroes deberían ser de todos y no de unos pocos. Nunca me han gustado los que se envuelven en banderas o se parapetan detrás de símbolos históricos para hacer política, me parecen arrogantes y peligrosos. Tanto en Argentina como en España siempre he pensado que algunas fiestas, algunos actos debería ser solo del pueblo, nada más. 

Tumba del general San Martín en el catedral de Buenos Aires.

          Tal vez por eso, en este caso estoy de acuerdo con los que dicen que el sable debe estar en el Museo Histórico Nacional, porque es del pueblo. Y un sable histórico como ese, no debería estar en ningún otro sitio que en un museo histórico público, junto al resto de sables de héroes y próceres de la reciente historia argentina. No me sentí a gusto cuando lo visité por primera vez dentro del regimiento en activo del ejército argentino, no me gustan los cuarteles-salvo cuando son exclusivamente museos-, y por eso creo que las piezas históricas deben conservarse en los museos. Eso sí, con un sistema de seguridad superior al que el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires tenía hasta hace poco, para evitar así nuevos robos, que lo cortés no quita lo valiente. 


jueves, 27 de agosto de 2015

DESAPARECIDOS


               Los desaparecidos de la última dictadura militar argentina son un tema bastante recurrente en novelas y películas, he visto y leído bastantes durante estos meses, pero a mí me ha costado enfrentarme al tema, no porque no crea que es importante, sino exactamente por lo contrario. Me daba miedo enfrentarme a ello de una forma inocua, soluble, cuando creo que en realidad el asunto es mucho más farragoso que la mirada que se le da actualmente. Como una herida cicatrizada por fuera, pero que siguen sangrantes y doliendo en el interior de propios y extraños.

            Desde el primer momento que puse un pie en las calles argentinas, que charlé y observé comentarios y situaciones, me di cuenta de que los desaparecidos argentinos son los desaparecidos más presentes de la historia reciente de esta casa de putas que algunos aún nos empeñamos en denominar mundo. Una historia oscura en un país que lleva demasiado tiempo metido en la nube negra. Ciertamente me parece muy bien que estén presentes, que sirvan como piloto de alerta para que el asunto no se repita, una señal de bombardeo antiaéreo sonando en casa puerta, esquina o barrio, donde se colocan esas placas oficiosas y fabricadas por amigos y familiares de las víctimas-como ocurre también con las que hay en la avenida de Mayo, en recuerdo de los muertos durante las protestas por el corralito y la estafa de 2001-.

            Lo que no me gusta ya tanto-ni en Argentina ni en ningún lugar del mundo-, es que se usen los desaparecidos y su memoria para hacer política. Los muertos de una locura, sea dictadura, guerra, accidente o catástrofe deben de ser de todos, de todos los civilizados, coherentes y buenas personas que detestan las muertes injustas, claro. Lo contrario para mi es ensuciar su memoria, la de su familia y la de todos los que sufrieron en sus carnes la persecución, la prisión, la muerte y el exilio. De eso en España sabemos mucho, pues allí no vale con acabar con tu enemigo-no sabemos tener contrincantes o detractores, todos son enemigos mortales, otro síntoma más de que el mundo se va por el sumidero-. En la historia española se ha repetido el asunto, la persecución. No vale con hacer callar a tu enemigo, tienes que matarlo, esconder su cadáver, rapar y dar aceite de ricino a su mujer y exiliar a sus hijos. Solo así el exterminador queda tranquilo, aunque luego a alguno se le aparecen sus muertos cuando está a punto de morir y no sabe lo que le pasa, donde meterse. Justicia divina supongo. 


             Ese cainismo tan español que duele, se mezcla con los genes de algunos argentinos. Fueron muchos años de Imperio español para que no se les pegaran los dejes de maldad, envidia y soberbia de la madre patria. Y claro, al final todo este batiburrillo de genes explotó por el peor de los lados.

            El caso-que me voy del asunto principal-, es que la ciudad está plagada de estas placas de color terrosos, animadas cromáticamente por pedazos de azulejos que se intercalan con las letras de forma caseras, en color blanco, que dan forma al nombre del desaparecido, del militante y la fecha en que se convirtió en  humo-casi todos entre 1975 y 1977-. Un recuerdo necesario, higiénico para la conciencia histórica y moral. Otras similares, recuerdan donde estuvieron los centros clandestinos de detención y de tortura.

            Algo similar a lo que ocurre con las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, un grupo de mujeres valientes, que se enfrentaron a los verdugos desde el interior de la madriguera de la serpiente, que se parapetaron ante la Junta Militar para llamarles asesinos cara al mundo, todo mucho antes del fin cantado de la Guerra de las Malvinas, y la conferencia de prensa absurda y doliente del bastardo Galtieri, que dejara claro que los militares usaron esa guerra para huir hacia adelante, intentando mantener un poder que hacía tiempo que había muerto, y que se dedicó a engañar a un país entero durante ese año, a sabiendas de que todo el que era enviado a esa guerra lo hacía para morir por una lucha perdida de ante mano,  una lucha que ningún miembro del gobierno militar quiso ganar. Estas protestas en la cueva del lobo, les valió a muchas llevar el mismo camino que sus hijos. Otras desaparecidas más, como se deben considerar a los muertos en esa guerra que bien sabían que iban a perder desde el primer momento todos los Galtieri del gobierno.

             Esas mujeres como digo, merecen todo el respeto de la gente de bien, de todos los que luchan por evitar una nueva masacre, y que si viviéramos en un mundo justo hace años que hubieran recibido el Nobel de la Paz. Más allá de que ahora de nuevo se use su lucha, su valentía, para hacer una política que nada tiene que ver con su lucha. Ellas se pusieron delante de cualquier sigla, de cualquier pancarta y lucharon cara a cara sin armas y de forma pacífica contra los verdugos, y ahora muchos se esconden detrás de ellas, de su símbolo y de sus muertos para sumar votos. 



miércoles, 26 de agosto de 2015

LA QUINTA DEL ÑATO


             Tardé en pasear en profundidad la viaja Chacra de los Colegiales, el lugar que hoy se conoce como cementerio de La Chacarita, y que es el camposanto más grande de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Solo es necesario mirar un mapa como el que yo tengo situado en la habitación que ocupo en el centro bonaerense para observar un enorme cuadrado-casi perfecto- de color blanco en mitad del mismo. En 1871 el lugar se convirtió en el cementerio de la ciudad, después de que un brote de fiebre amarilla obligara a dejar atrás durante un tiempo al de La Recoleta.

            El asunto llevó a crear esa enorme Quinta del Ñato, una acepción tomada del lunfardo, para definir con socarronería a los enterramientos criollos, que solían realizarse en sus propios territorios, lo que llevaba a que esa parte de la quinta fuera denominada como la del ñato, haciendo referencia a las calaveras, que por no tener nariz eran consideradas así; ñatas, o chatas. Al final se popularizó, incluso Julio Cortázar lo recoge en las páginas de Rayuela.

            Al poco de llegar a Buenos Aires y casi por casualidad aparecí allí, comí en una pequeña parrilla y me asomé para visitar rápidamente la tumba de Gardel, situada prácticamente a la entrada del enorme predio. Nada más, salí, llevaba prisa y decidí volver más tranquilamente otro día, pero la visita se fue dilatando y la llevé a cabo finalmente en mi última semana en la ciudad. Me sorprendió que no fuera lo que me esperaba, al menos en su totalidad. Suponía un cementerio histórico, total, como es el de Père Lachaise de París, o el de La Recoleta de la misma ciudad, pero no, solo la primera parte lo es, después, tras pocas cuadras te encuentras tumbas escavadas en la propia tierra, sin más decoración que una cruz decorada con flores y con detalles que gustaban al finado-varias remeras de equipos de la ciudad, imágenes, chapas recordatorios…-. Junto a esto, grandes galerías de nichos escavados en el suelo, y a los que se accede bajando por unas escaleras, entrando después en diferentes galerías. Un poco más lejos, aparecen de nuevo grandes construcciones, pero todas ellas comunales; para el ejército, la policía federal, la sociedad asturiana… Y de nuevo al fondo más nichos, al estilo tradicional. 

Entrada monumental al cementerio bonaerense de La Chacarita.

            Realmente en muchos momentos parece que paseas por un campo, verde, amplio y sin ninguna indicación de que estés paseando por un cementerio del tamaño del de Chacarita, un lugar que aún sigue en funcionamiento, que sigue albergando cuerpos y almas, o cenizas, que salen del crematorio que se encuentra en el medio del recinto. Junto a él, apenas  unos metros, el punto que recuerda a las grandes figuras de la sociedad argentina en general y porteña en particular; Alfonsina Storni, Goyeneche, Troilo, Pugliese, o Quinquela Martín entre otros. Un lugar interesante de visitar, pero siempre con respeto, algo que creo no se consigue en La Recoleta, que más parece un tour turístico donde hacerse fotos, y gritar al cuñado de turno para que corra a hacerse una selfie con la tumba de tal o cual persona, sin recordar que el lugar y sus habitantes merece un mínimo de educación.

Tumba de Carlos Gardel. 


martes, 25 de agosto de 2015

LA CASA AMARILLA



             El predio está sobre la avenida almirante Brown, en el principio de La Boca, aunque está en ese punto en el que no se sabe si uno camina por La Boca, San Telmo, Constitución o Barracas. A un paso del parque Lezama, y prácticamente oculto desde la avenida por los puestos del mercado que ocupan toda la vereda, aparece un campo verde rematado por un palacio amarillo, una casa de época, perfectamente conservada y llamativa, entre la gran cantidad de construcciones que se acumulan unas sobre otras a si alrededor.

            En 1812, el almirante irlandés Guillermo Brown, uno de los que a la postre pasarían a la historia argentina como uno de los principales militares del siglo XIX, compró un predio al sur de Buenos Aires para instalar allí a su familia. El lugar amplio, pronto sería conocido en todo el barrio como la casa amarilla, y así pasaría a la historia.  

            Durante su dilatada existencia el predio de la casa amarilla ha ido cambiando de dueños y de uso. Por ella pasó uno de los primeros ferrocarriles que unía la estación central situada junto a la Casa Rosada con la Ensenada de Barragán, ese tramo después desaparecería para acabar en la actual Plaza Constitución, pero el lugar no dejó de utilizarse para amontonar los contenedores de mercaderías. También la compañía Shell lo utilizaría para montar allí varios de sus surtidores de combustible, e incluso una parte fue cedida al equipo del barrio; Boca Juniors. Incluso fue lugar de mercado de patatas y cebollas.


            En los años ochenta del siglo veinte, el lugar sirvió para levantar distintos bloques de viviendas para familias pobres, el predio cambió de manos, y esta vez, ya siendo propiedad del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, y utilizando una gran parte para levantar construcciones útiles para la ciudad, como viviendas y un hospital, decidieron recuperar el centro del predio, el que da a la avenida almirante Brown, para rendir homenaje al militar que le da nombre a la calle, y que fue el primer dueño del lugar. En 1983, para la celebración del doscientos seis aniversario del nacimiento del héroe militar, se decidió construir una réplica de la casa levantada por Brown para dar cobijo a su familia. Hoy se puede visitar como homenaje a aquel hombre, y a una de las principales épocas de la historia del país. 

lunes, 24 de agosto de 2015

HORACIO FERRER


            Uruguayo, pero tan Argentino como el Obelisco. Horacio Ferrer vivió la mayor parte de su vida en Buenos Aires, aquí luchó por el tango y por su gran obra, conseguir la creación de la Academia Nacional del Tango en la avenida de Mayo, la única del mundo. La mejor.

            Falleció a finales del año pasado, pocos días antes de navidad, y sus compañeros y amigos raudos corrieron a llevarle a cabo todos los homenajes que se merecía. El tango se volcó en ensalzar su memoria, pero no solo en los pequeños salones de la academia-que ahora lleva su nombre- o de las milongas de la capital argentina, de la uruguaya y de la ciudad de Rosario. El triángulo del tango rioplatense. Pocos meses tras mi llegada, en una de las tardes que me dirigía a tomar café en el Tortoni, me topé con una nueva escultura homenaje en la vereda, era él, con su pose natural cuando entonaba el tango. Yo no tuve la ocasión de conocerle en persona, pero la instalación de sus escultura corrió por la ciudad como la pólvora, y todo el que llegó a verle actuar o lo trató en la calle corrieron a contemplarlo. La opinión popular en ese día fue que era igual que Horacio.

            Me gustó el detalle, me gusta verlo ahí, parado en mitad de la verdea, casi junto al cordón. Los días de jaleo, cuando la fila para entrar al Tortoni se vuelve espesa y larga, y los turistas casi dan la vuelta a la vereda, es casi imposible caminar por ese lado de la calle, pues es muy normal que mucha gente se pare junto a la escultura que está casi en la puerta de café-en el portal anterior está la Academia Nacional de Tango-, para fotografiare con el último gran ídolo del tango que se fue por problemas cardiacos.

            En su infancia en Montevideo, vivió en una familia que había tenido amistad con Federico García Lorca, Antonio Nervo, Rubén Darío y Alfonsina Storni. Por lo que el pequeño Horacio quiso ser lo que veían en casa. Pronto comenzó a tener relación con los grandes nombres del tango, como Troilo, Piazzola, Filiberto, Manzi, Goyeneche, Pugliese…y un largo etcétera.

            Hace poco estuve en el interior de su última gran obra. En 1990 Ferrer se empeñó en dar a Buenos Aires una Academia Nacional del Tango, la primera del mundo, dotada de un museo con la historia del tango, con los instrumentos y objetos personales de los más grandes; resalta entre ellos, los sombreros de Gardel o el bandoneón de Troilo. Una biblioteca completa para que nunca se pierda la producción literaria del tango y una academia, donde académicos del ramo, se reunieran una vez por semana, para luchar y ampliar la difusión de su arte lo más lejos posible, tanto del país como del mundo.

            El día que visité la Academia, tuve de guía al secretario del lugar, también académico. El tipo cordial, orgulloso, nos contó varias anécdotas del lugar y de Horacio. Sobre todo, el asunto del nombre de las sillas de los académicos. En España por ejemplo, las sillas de los académicos de la lengua están bautizadas con las letras del alfabeto, tanto mayúsculas como minúsculas. En el caso de la Academia de Tango, las sillas están bautizadas con nombres de tango, no podía ser de otra manera. Los nombres se pusieron al azar, el académico llegaba a una urna y sacaba un papel con un nombre de tango, ese sería a partir de ese momento su silla, hasta la muerte. Ferrer, un galán a la antigua usanza, siempre bien vestido, educado y altivo, metió la mano y sacó el papel con el nombre de tango: Dandy. No podía haber sido de otra forma. 

domingo, 23 de agosto de 2015

FERIA DE MATADEROS

             Hay que salir de casa con ganas de llegar a ella, sobre todo si es como en mi caso, vives en el centro de Buenos Aires, al otro lado de la ciudad. Salir pronto de casa un domingo, para tomar un subte y un colectivo al menos, o dos o tres colectivos para que te lleve hasta la zona oeste de la ciudad, casi al borde de la provincia, al lado de la zona de La Matanza. Lugar de contrastes.


            Junto al parque Alberdi, que ya a primera hora muestra su propia feria, independiente a la de Mataderos, más enfocada al turismo y el folklore. El parque muestra una feria barrial, una feria para los niños y la gente del lugar, tiene un cierto toque añejo, parece como si los juegos, las barracas de tiro al muñeco, de manzanas con caramelo y pedazos de tartas caseras, acabaran de descolgarse de los recuerdo de la ciudad, como si de pronto al bajar del colectivo entraras en el túnel del tiempo, y salieras en los años setenta u ochenta. Al fondo del parque, varias personas van montando poco a poco, y mediante mantas extendidas en el suelo o la hierba, un mercado de esos de segunda mano, donde puedes encontrar desde ropa usada, a libros de segunda mano e incluso prótesis de piernas y brazos. Me recuerda mucho a los mercados de pulgas, que aparecen los fines de semana en el extrarradio de París, o a la feira da ladra lisboeta, que cada sábado y martes monta su particular museo de los horrores, y los recuerdos rotos, detrás del Panteón Nacional en Alfama. Supongo, que algo así sería el rastro madrileño de Cascorro, cuando era eso, el rastro, y no un mercadillo más, que es lo que es ahora, salvando de la quema algunas pequeñas galerías o puestos de antigüedades. 


            Más adelante, en la misma vereda de la calle Lisandro de la Torre, se levanta el antiguo cabildo del barrio, con su bella galería porticada o recova, pintada toda en un color rojo, rosáceo, muy parecido al que muestra a la otra punta de la ciudad la casa de gobierno. En el centro de la plaza y ante la escultura dedicada al Resero, allí donde nace la perpendicular calle Corrales, se levanta un escenario por el que van pasando diferentes grupos de folclore nacional, y del resto de los países colindantes con la Argentina. En esta ocasión, muchos grupos peruanos y bolivianos, pues se celebraba la fecha del Éxodo Jujeño.

            Alrededor del escenario muchos puestos de comida ambulantes, que ofrecen los productos típicos argentinos, más allá de la carne de ternera y del choripán; empanadas salteñas y jujeñas, locro criollo o tamales, regado todo por vino patero y sifón. Un poco más allá los dulces típicos, tortas, sopa paraguaya, flanes, facturas y mucho dulce de leche. Todo ello entre puestos de queso, encurtidos, palomitas y salames. Al girar la esquina de Corrales para volver al meollo del asunto, te espera el Bar Oviedo, el más antiguo del barrio, lleno de murales tangueros, una barra de madera vieja y bella, hundida en el centro por el paso de los años y los clientes, un paso que se puede observar casi en el espejo poco lucido  del fondo. Al final de la calle, casi a la altura de la cancha del barrio, donde juega de local Nuevo Chicago, comienza la demostración de unos gauchos de ciudad, que corren con el caballo llevando a cabo un juego similar al de las cintas. Tras observarlos un rato, vuelvo sobre mis paso, y por uno de los laterales de la recova rosácea entro en el museo del barrio, allí entre un batiburrillo de cosas; radios, gramófonos, animales disecados, carros de gauchos, uniformes de policía y carteles mostrando los cortes de la carne, me empapo del antes de aquel lugar. La historia del barrio, de sus mataderos y sus frigoríficos que dieron trabajo y esplendor a sus habitantes. Algo que se ha perdido, y que de no ser por el mercado dominical, hubiera dado con el barrio en el mayor de los olvidos. 


sábado, 22 de agosto de 2015

VILLA FREUD


            Escribió Manuel Vázquez Montalbán en su novela Quinteto en Buenos Aires: Nada más que en Buenos Aires podría haber una barrio de psicólogos, y lo llaman, cómo no, Villa Freud. Uno de los primeros pensamientos que tiene el bueno de Carvalho nada más aterrizar en Buenos Aires, en busca de un primo que había vuelto desde España para buscar a su hija robada durante la última dictadura argentina. Después se iría a buscar un buen restaurante en la costanera, para dar rienda suelta a su mejor cualidad después de la de descubrir entuertos; disfrutar gastronómicamente de la ciudad.

            Parece broma, una ironía o un sarcasmo de los muchos que introduce Vázquez Montalbán en sus novelas de Carvalho. Pero en este caso, no es así, el lugar existe, aunque no es un barrio o villa oficial, no viene reflejada en el mapa-la mayor parte de villas, sobre todo las más pobres y extensas tampoco aparecen-. Villa Freud es en realidad una pequeña parte del barrio porteño de Palermo, ocupa menos de un quilómetro cuadrado, y su epicentro es la plaza Güemes, encuadrada o encajonada entre la calle Honduras, la avenida Scalabrini Ortiz, la avenida Santa Fe y la avenida Coronel Díaz, y rematada por la iglesia del viejo colegio de Guadalupe.

            Como imaginarán, que la zona lleve el nombre del padre del psicoanálisis no es producto del azar. Hoy ya no es para tanto, y el lugar es una plaza más del viejo Palermo, del Buenos Aires de Borges, ese Buenos Aires que yo personalmente no veo por ningún lado. Supongo que lo habrá devorado el nuevo tipo de vida que se ha instalado en la zona, norteamericanizándolo todo, con colores, carteles enormes y establecientes de comida rápida y café aguado. Pero ese lugar, esa plaza, un poco después de los años sesenta del siglo pasado y en adelante, la zona se convirtió en el lugar elegido por un enorme número de practicantes del oficio del psicoanálisis, y de la psicología. En aquellos años se tenía la idea de que Argentina había un psicólogo por cada seiscientos cincuenta habitantes, mientras que en Buenos Aires la cantidad era de uno por cada ciento veinte. Y claro, la gran mayoría estaban instalados en este quilómetro cuadrado de la ciudad.

            Además de ello, el barrio ayudaba a avivar la leyenda, pues comenzaron a abrir diferentes establecimientos que hacían referencia al psicoanálisis y al propio Freud. Llamando la atención sobre todos ellos, los cafés Sigi y Freud, decorados y ambientados con fotos, libros e imágenes del austriaco. En su interior, se llegaron a realizar sesiones grupales de terapia para psicoanalizar a los clientes de los cercanos gabinetes. Hoy los cafés han desaparecido, también los amantes del psicoanálisis se han ido diluyendo y muchos de los negocios fueron cerrando, y al final, han quedado los psicoanalistas que hay más o menos en cada barrio, tal vez alguno más. Lo que para la medía del país son más que suficientes.