Se me hace muy extraño pasear
por Buenos Aires sabiendo que será la última-al menos de momento-. Ocho meses
caminando las mismas calles, disfrutando los mismos monumentos y viendo las
mismas caras hacen que todo se vuelva familiar, cercano, casi necesario. Cuando
te das cuenta que al día siguiente te vas, que cierras la maleta y dices adiós muchachos
nos vamos viendo, la tristeza te embarga, y vas por la calle ya echando de
menos lo que aún tienes delante, lugares que te miran de reojo, como diciendo;
eh chaval, que te vas y no me echas la última mirada.
Al final
vas dando valor a lo vivido, y a detalles nimios que cambiarán en horas, pues
son costumbres de un país o de un continente que por suerte solo se ven si paseas
por Buenos Aires. El olor a pizza y a empanadas, el dulzor espeso de las medias
lunas y de las facturas recién horneadas, las librerías de Corrientes que abren
hasta la medianoche, el ey capo para
llamar tu atención por la calle, o el che
boludo. Los grupos de amigos o familiares tomando mate en parques y
jardines, y las charlas de cafés y confiterías. La fainá, la chipa, el tango,
el lunfardo, los asados…
En realidad
son bellos recuerdos que me acompañarán, en eso consiste el viajar y no el
visitar. Mañana ya no pasearé sus calles, no sentiré su viendo frío de
invierno, no oleré los perfumes de la ciudad, ni escuchare el ruido
ensordecedor de 9 de Julio. A partir de mañana solo queda recordarlo y sobre
todo escribirlo, devolver a la ciudad parte de lo que me ha dado, de lo que me
ha enseñado y de lo que me ha aportado.
Suelo
decir que hay que viajar leído, y con libros. Que de nada vale visitar diez
ciudades en ocho días si no eres capaz de empaparte un poco del ambiente de la
sociedad y del lugar que visitas, si no hablas con su gente o aprendes sus
costumbres. Está muy bien visitar ciudades para coleccionar fotos junto a los
principales monumentos, pero yo prefiero coleccionar recuerdos y sensaciones.
Han sido
unos meses extraordinarios de reencuentros con viejos amigos, de encuentros con
familiares perdidos y de conocimiento de nuevas personas, ciudades, trabajos y
sensaciones. El resultado de viajar de verdad, de empaparse de todo, es que
cuando te vas dejas una parte de ti en el lugar, nada físico, todo invisible
pero sustancial, y sobre todo que te llevas algo del lugar. En mi caso dejo
mucho, pero me llevó más, tengo la maleta llena, y no solo la física que va
llena de libros y dulces, sino la imaginaria. Esta también pesa, incluso casi
se desborda, como la mía, que acabo de cerrar esta noche. Solo puedo decir
gracias y hasta pronto.
Sentite libre para volver cuando gustes! Serás bienvenido!!
ResponderEliminarMuchas gracias, hace poco se cumplió un año de mi vuelta. Pronto comenzaré a republicar esta página, tal vez ese sea el primer paso para emprender la vuelta. Saludos.
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