lunes, 7 de septiembre de 2015

EL SANTUARIO DEL GAUCHITO GIL


           Caminaba hace unos días por la parte alta de la calle Corrientes, muy cerca de la estación ferroviaria de Lacroze y el cementerio de La Chacarita. Me entretuve buscando la escultura dedicada a los Andes que desde siempre ocupó el parque, y que hace unos meses misteriosamente desapareció, desde el gobierno de la ciudad se dijo que era para restaurarla y mejorar el parque. Lo cierto es que la teoría que emanaba desde el ayuntamiento no acababa de gustarme, me sonaba mucho a las del gobierno nacional sobre otras esculturas que han volado-como la de Colón-, Buenos Aires  es  una ciudad en la que las esculturas desaparecen y nunca más se vuelve a saber de ellas. El patrimonio porteño es esquilmado día tras día y parece que a nadie le importa.


            Por suerte en esta ocasión la teoría gubernativa fue cierta, y allí a un par de cuadras de donde me encontraba, y pegada a la vereda de la calle, la escultura dedicada a los indios originarios había sido repuesta, además de ser limpiada, se había colocado sobre un nuevo pedestal que le daba más enjundia al conjunto. Seguí mi paseo contento, en este caso al menos-pensé-, a ganado la memoria del pueblo a la manipulación del poderoso. 

Monumento dedicado a los pueblos originarios en el parque de los Incas, Chacarita.

          Proseguí mi camino por Corrientes con intención de cruzar la ciudad caminando, desde allí hasta Puerto Madero, cruzando varios barrios que poco o nada tienen que ver entre sí, un trabajo de campo que suelo hacer mucho en la ciudad, y que es la única forma de hacerse una idea un poco cabal del cómo y del porqué del lugar. Pero un par de cuadras más adelante, justo en la intersección de Corrientes con la calle Concepción Arenal tuve que volver a detenerme. Aún era parte del enorme parque, aunque ya estaba casi fuera de él, en la esquina de la última vereda. Un árbol grande, un ombú posiblemente. Bajo él se levantaba una especie de caseta o de chabola, realizada a base de reteles de madera y chapa, toda pintado de rojo. En la puerta un tipo vigilaba la entrada y salida de gente. Su indumentaria era muy curiosa, portaba la remera del equipo de barrio; el Atlanta, pero en mitad del pecho en vez de mostrar la publicidad consabida, llevaba a un tipo barbudo, un gaucho me pareció a simple vista.

            Entré en el predio, pequeño, unos cinco metros por otros cinco, vallado por una simple reja de poco más de metro y medio de altura. Al fondo, pegado al tronco del árbol, como si se sujetara sobre su superficie robusta, se levantaba un diminuto santuario donde solo podíamos entrar un par de personas. En su interior, una escultura casi llevada al mínimo, representaba a un gaucho del siglo XIX, con bigote negro y apoyado sobre una cruz que le brotaba de la espalda. El Gauchito Gil, dijo a mi espalda el chico de la camiseta de futbol. Debió observar mi sorpresa al verme dentro de un santuario tan curioso, y me contó la historia del santo, más propio de la memoria y de la mitología del pueblo que de la santidad oficial.

            Antonio Mamerto Gil Núñez, se llamaba en su nacimiento el Gauchito Gil, natural de Pay Ubre, cerca de Mercedes en Corrientes. Como los correntinos de esa época, el gaucho Gil era un trabajador de campo, agricultura y ganado-por mucho que les moleste a algunos en la actualidad, las labores, que hicieron de Argentina el país rico que dio de comer a toda Europa durante los años negros del siglo XX, y que ahora se están dejando caer en el olvido-. Adorador de San La Muerte, el gaucho Gil tuvo un romance con una señora adinerada de su pueblo, lo que hizo levantar los recelos, que con el paso del tiempo se convertiría en odio  de los hijos de la dama de alta alcurnia. Ese odio reinante y creciente hizo temer a Gil por su vida, y decidió alistarse en los ejércitos de la Triple Alianza, que en aquellos momentos comenzaban la guerra contra Paraguay. Cuando volvió de la guerra sano y salvo, fue obligado a alistarse para otra guerra, en este caso interna; él debía ingresar en las filas del partido autonomista para lucha contra los hombres del partido liberal correntino. Gil decidió que ya había tenido bastante guerra en su vida y desertó, las autoridades lo capturaron, y el verdugo se frotaba las manos de gusto, cuando después de colgarlo de un pie boca debajo de un árbol de espinillo recibió la orden de degollarlo.

            Antes de ser degollado, Gil le dijo a su verdugo que su hijo estaba muy enfermo, y que si quería curarlo debería rezar a él, al Gauchito Gil. El verdugo hizo su trabajo y Gil quedó desangrándose tirado en el suelo, junto al árbol. El verdugo al llegar a su casa, parece ser se encontró a su hijo muy enfermo, entonces recordó lo que Gil le dijo antes de ser ajusticiado, y le rezó. El niño se curó y el verdugo inmediatamente fue en busca del cuerpo de Gil para darle un entierro digno. Verdad o leyenda, el caso es que el Gauchito Gil desde entonces fue venerado por sus milagros, y el pueblo le ha ido levantando santuarios como el de Chacarita por todos los lugares del país.

            Al salir, el tipo me tendió una estampilla del Gauchito Gil, asegurándome que si lo llevo conmigo el Gauchito me protegerá de los verdugos. Me la guardé, por si acaso y seguí mi camino, pero no pude dejar de pensar en las analogías de la cultura popular de los pueblos, y me vino a la cabeza, el respeto que los narcos mexicanos de Sinaloa tiene hacia otro santo civil, al que van a rezar antes de emprender un vuelo con sus avionetas Cessna llenas de droga, entre Sinaloa y el sur de los Estados Unidos; Jesús Malverde, asaltador de caminos y patrono del narco.

domingo, 6 de septiembre de 2015

CAFÉS AMBULANTES


            Ya he dicho muchas veces que el café porteño no es santo de mi devoción, que lo tomo pero en pocos casos lo disfruto, demasiada agua y poco café en el vaso para mi gusto. Pero la ciudad es un templo de cafés históricos y modernos, en ellos se charla, se discute apasionadamente y sobre todo se vive, haciendo que estos lugares sean imprescindibles en la ciudad. Esta costumbre sin duda hace que el líquido negro sea casi tan consumido como el mate en la zona. Por ello, no es nada extraño-de hecho lo raro es lo contrario-, encontrarse un bar, un quisco con cafetera o un tipo con su carrito sirviendo café, en cualquier lugar donde se junten más de cuatro personas. Y de hecho de esas cuatro, al menos dos comprarán un café, sin duda, y si de paso hay facturas para acompañar el trago de cafeína, miel sobre hijuelas.

            Por supuesto en San Telmo o en la feria de Mataderos se multiplican como los champiñones en primavera, pero a mí me gusta verlos en el día a día; en la puerta de las estaciones de ferrocarril, en la explanada anterior a la estación de ómnibus de Retiro, en la plaza San Martín de La Plata o en la plaza Lavalle, al lado del Palacio de Tribunales, donde tienen clientes fieles, como el que suscribe, que siempre que va en busca de la Combi para viajar a La Plata, le consume un café con un golpe de leche. Mientras, cometamos las últimas noticias del día, las mismas que un repartidor de peridotos gratuitos grita en una esquina cercana. El café no es bueno, tampoco es barato-cosas que tiene esta ciudad-, pero valen la pena los pesos invertidos para meter algo caliente en el cuerpo, mientras se espera en mitad de la calle sobreponiéndose al invierno austral. Además la charla con Osvaldo; el vendedor de café vale la pena, su sonrisa -a pesar de la vida desgraciada que lleva- se contagia y el día es mejor día, porque en mitad del quilombo que es Buenos Aires en hora pico, personas como estos vendedores de café ambulante hacen que te reconcilies con el género humano. 

sábado, 5 de septiembre de 2015

EL CUARTITO


            El lugar puede pasar desapercibido a simple vista, un local de pizzas y empanadas en una calle no muy ancha, y en un lugar poco frecuentado por el turismo y las grandes masas de gente. Pero El Cuartito sin embargo, puede considerarse uno de los mejores lugares para comer pizza de toda la ciudad de Buenos Aires. Está sobre Talcahuano, casi esquina con Marcelo T. Alvear.

            Paso a menudo por su puerta, tanto cuando paseo por el cetro de la ciudad, como cuando subo a llevar a cabo mi trabajo de investigación en la Biblioteca Nacional, y siempre; sin importar la hora ni el día, el local está lleno de gente charlando y disfrutando de una pizza situada normalmente en mitad de la mesa.

            Después de pensar varias veces en entrar y comer un día en su interior, hace un par de días lo hice, crucé la parte principal de la entrada, abarrotada de gente esperando sus pizzas y empanadas para llevar, mientras las personas de la cocina corren y se mueven tras la barra, mostrando sus movimientos entrecortados entre las estanterías metales que separan los dos ambientes. Paso al salón, me siento contra la pared de los ventanales para poder contemplar el local en todo su esplendor, ver moverse a los camareros y asomarme a las mesas de los comensales, ver su actuación. Les veo disfrutar de sus platos, me convencen sus caras de complacencia mientras vacían sus platos. Aún asiento en mi interior cuando se me cerca el camarero, un hombre de unos cincuenta años con una sonría en la boca, le hago mi pedido. No tarda ni un minuto en servirme la bebida, y unos minutos después cuando aún no he reparado en la mitad de las meses del local, el camarero aparece con mi pedido, de pronto el ambiente se cubre de un olor que me atrapa, la pizza recién hecha me llama, y la fainá, diferente a las comidas anteriormente, más basta a simple vista, más compacta, me sorprende gratamente al llevármela al paladar. Un sabor irrepetible.


        El local lleva abierto desde 1934, y desde entonces ha ido amontonado muchos recuerdos, algunos aún están sobre sus paredes; la mayor parte son recuerdos deportivos. Me doy cuenta, que estoy sentado prácticamente bajo una foto firmada de toda la plantilla del Futbol Club Barcelona de la temporada 1992-1993, foto firmada por todos y cada uno de los jugadores, y al otro lado, un viejo banderín del Estudiantes de la Plata. El resto son imágenes de futbolistas, pero también de boxeadores, esquiadores y atletas, cubriendo las paredes casi por completo. En un apartado, donde también aparecen mesas y comensales agradados por la comida, un mural en honor a Boca Juniors se apodera de la pared. Al fondo, rematando o presidiendo la sala, aparece la única foto que no pertenece a un deportista; una imagen blanca y negra de Marilyn Monroe.

            Salgo contento, con el estómago lleno, y dispuesto a volver en breve, antes de dejar la ciudad, apuntando mentalmente el lugar en mi lista de favoritos porteños, para volver y recomendar.



viernes, 4 de septiembre de 2015

VIEYTES

          Es un bulevar venido a menos, muy a menos, aunque en su día debió ser un punto de encuentro, de charla, de vida y de baile. Se encuentra a los pies de las vías del ferrocarril Roca, cruzando todo el que hasta hace no mucho, fue el punto tanguero y navajero de Barracas. Una zona que hace unas décadas se dejó caer en la miseria, en la pobreza y en la delincuencia, devaluaron el valor de sus edificios y de sus calles, para después llevar a cabo la maravillosa recuperación económica de la zona, y la rehabilitación de sus edificios. Es decir, pegar el pelotazo de turno. Algo muy usado en la última parte del siglo XX en Buenos Aires. Antes ya lo hicieron con San Telmo, con el Abasto y con Montserrat, la burda maniobra es siempre la misma, echar a las familias que allí vivían desde siempre, dejando el barrio sin asistencia de ningún tipo, para que se vaya volviendo decrepito él solo, ahogando a sus habitantes y promoviendo la delincuencia, demorando las patrullas y dejando hacer a los chorros, dando vía libre a la impunidad.

Al final el barrio se deshabita, y se llena de gente sin hogar que ocupa casas y locales, después  estos, se les hecha por la fuerza, el barrio se llena de seguridad y comienzan las reformas. Todo cuesta el triple que antes, y las familias de siempre han tenido que dejar su barrio de siempre, para mudarse al norte  de la ciudad los que pueden permitírselo, y al conurbano los que no. Ya todo está listo para crear apartamentos de lujo, para llenar los bajos con tiendas de colorines y empresas de cadenas extranjeras. Un barrio sin historia y sin alma. Barracas fue el último en sufrirlo, o el penúltimo más bien, pues lo intentaron con La Boca, la arrebataron su vida, y después no han sido capaz de general el pelotazo, abandonándolo a su suerte. Tal vez por las continuas crisis del país, tanto económicas como de valores, o tal vez porque La Boca siempre fue un lugar especial, diferente, donde la gente no se dejó amedrentar y siguen poblando sus calles, tristes y sucias, muy cerca del centro de recreo del turismo llamada Caminito, donde los turistas se fotografían rodeados de la ciudad imaginaria, y evocadora que creó Quinquela Martín, mientas miran con asco el hediondo Riachuelo, pensando que con eso ya conocen a la perfección los bajos fondos del barrio y de la ciudad.

Así era-lo sigue siendo en parte- el viejo barrio de Barracas, y aunque una de las calles principales del barrio, como es Montes de Oca, ha sucumbido al urbanicidio amparado por gobierno local y nacional, el resto, a pesar de haber mejorado mucho, sigue mantenido un esencia única, que se respira en el ambiente según paseas por ella, sobre todo una vez has cruzado los puentes de la autovía 9 de julio, y te vas acercando a las vías de ferrocarril, cuando comienzas a sentir la humedad del contaminado Riachuelo, allí donde entre las calles Goncalves y avenida general Iriarte, abre las puertas Los Laureles, el último de Filipinas de aquello, que en su día fueron las pulperías donde se estrenaban los tangos para los portuarios, para los primeros visitantes del viejo Buenos Aires, con ginebra de garrafa, bebidas extraviadas y un farol en la esquina que da luz a poco más que su pedazo de vereda, mientras al lado resuena oxidado el tren que sale o entra desde la provincia. El lugar sigue albergando los viernes noche a los viejos habitante de la zona que se visten como si fuera su última noche de tango, y escuchan los clásicos en disco de pasta mientras sacan del olvido los viejos combinados. La última noche del Titanic.

 O cuando cruzas la avenida hacía el este, y entre casas bajas y recubiertas de chapa ondulante vas internándote en el barrio de La Boca, en el auténtico, dejas atrás el viejo local del Café El Estaño, donde de pronto la calle Aristóbulo del Valle termina en un gran parque situado tras la cancha de Boca; La Bombonera, pintada en azul y amarillo. Perros sueltos, se rascan mientras buscan donde sentarse a descansar, gatos siguen su estela, carros destartalados  de cirujas aparcados a las puertas de las casas desconchadas, situadas sobre aceras tremendamente elevadas del nivel de la calle y encaladas o pintadas de blanco, que ya es negro, familias sentadas en las puertas de los locales  compartido mate, con las manos negras y duras de tanto trabajar, de tanto buscar su vida entre la basura, otros por culpa del Paco, que sigue haciendo estragos en la zona. Las calles a medio asfaltar, dejando ver los antiguos adoquines de aquella ciudad esplendorosa, desaparecida. Fachadas cubiertas de chapas de colores oxidados, con goteras y marcas de humedad en cada rincón, basura en las esquinas y construcciones a medio terminar. A lo lejos, en las primeras esquinas, y con el anochecer presente, avisa peligroso el brillo del colmillo lobero, de la faca afilada y la navajada en la entrepierna. La Boca, la de verdad. Después al final del barrio, los colores y las tiendas de regalos y el falso tango, que intenta cubrir con una capa brillante lo real y lo palpable, la miseria.


No muy lejos de allí de nuevo en el viejo Barracas, al lado del puerto seco donde se amontonan miles de contenedores, que van y vienen del viejo y nuevo puerto, en la esquina con la calle Suarez, se levanta la estatua a Vievtes, en mitad del viejo bulevar venido a menos que lleva su nombre. Su autor, José Llameces. Hipólito Vieytes fue mucho más que una estatua venida a menos, enmarcada ante el esqueleto de un edifico demasiado grande para la zona, y que ya nuca terminará de construirse. Todo ello en un bulevar venido a menos y en una zona venida a menos, de un barrio venido a menos. Vieytes es una de esas personas que pasan desapercibidas en la historiografía patria, y por supuesto en la extranjera, pero fue uno de los principales culpables del movimiento que acabaría trayendo la independencia del antiguo territorio virreinal. Él, criollo de corte independentistas, cedió su jabonería, situada en la actual avenida  9 de Julio-uno de esos sitios históricos que la gran avenida se tragó en los años treinta y cuarenta del siglo XX-, y allí se dieron cita los nombres más importantes del silgo XIX, allí fueron las primeras reuniones subversivas para conspirar contra el Virrey, consiguiendo que éste dejara su puesto, y aprobaran la creación de la Primera Junta bonaerense, germen del futuro Congreso de Tucumán, que declararía la independencia y sancionaría la primera constitución argentina en 1816.

sábado, 29 de agosto de 2015

REPÚBLICA DE CROMAÑÓN


           30 de diciembre de 2004, diez y cuarenta minutos de la noche, barrio de Once, centro de Buenos Aires. El infierno convertido en boliche. Caos, gritos, muerte, y después muchas mentiras, muchos escurrir el bulto, y al final la búsqueda de culpables. Búsqueda que se queda en una nube negra de negligencia y falta de justicia. Aclarando, la tragedia del boliche República de Cromañón fue nuestro Alcalá 20. Un triste remate de año para un año que no fue bueno, tanto el 2004 bonaerense, como el 1983 madrileño.

            Cuando fui conociendo en profundidad la historia de lo ocurrido en el boliche República de Cromañón-una recién abierta sala de fiesta y recitales del centro de la ciudad-, no pude dejar de recordar la tragedia de Madrid-también sumando irresponsables recuerda a la cercana del Madrid Arena-, una de las peores de la capital, ochenta y un muertos,  sin duda la peor tras los atentados del 11-M. La de Buenos Aires fue también una de las peores de su historia, tal vez la peor-lo que sumando el accidente ferroviario de Once del año 2012, hace que éste barrio sea el que ha acogido las tragedias más recientes y traumáticas del país-, ciento noventa y cuatro muertos. Solo quince de ellos eran mayores de treinta años, y muchos de ellos lo eran menores de dieciocho. Incluso la noche se llevó a un niño de tan solo seis años, que estaba allí acompañando a su padre, uno de los encargados de la seguridad del local.

            Esa noche, ya en plenas vacaciones de navidad, con el verano austral en su pleno apogeo, las calles y los locales de Buenos Aires estaban con el cartel de completo. Pero si había un local de la zona que esa noche tenía el aforo más que completo, era el boliche República de Cromañón, en él esa noche se iba a llevar a cabo el recital del grupo de rock nacional Callejeros.


 No llevaban más de unos minutos de concierto cuando alguien, un descerebrado, decidió encender una bengala o un producto de pirotecnia similar, todo ello en un local cerrado y que multiplicaba por cuatro el aforo permitido. En seguida el aparato prendió una tela de plástico negro que se encontraba cerca del escenario, la tela altamente inflamable ardió en segundos, cuando el fuego terminó de devorarla se pasó a la guata y a la espuma de poliuretano que recubrían el local. El resto fue cuestión de segundos, interminables segundos.

Murales en recuerdo de las victimas sobre la estación de ferrocarril del Once. Próxima a donde se encontraba el boliche.

           En seguida todo se cubrió de humo negro y los primeros intoxicados comenzaron a caer al suelo. Otros intentaron salir del local por las puertas principales del mismo, una huida entorpecida por numerosas vallas que no deberían estar allí, además, la salida de emergencia que debería estar expedita se encontraba cerrada con candados y alambres, a pesar de que la luz marcaba que estaba en perfecto estado de uso. La huida de las futuras víctimas también se vio cercenada por una escalera que no debería estar allí-los planos del local no la reflejaban y se encontraba en el centro del garito-, algo similar ocurrió con un mostrador que entorpeció la evacuación.

            Pero ni con mucho estos fueron los únicos fallos en la seguridad del local. El humo que a la postre acabaría con tantas vidas, debería haber desaparecido del local de forma inmediata por las ventanas superiores del mismo, y mediante los extractores colocados en la terraza del boliche, al menos así debería de haber sido. Lo cierto es que las ventanas superiores se habían tapiado, y los extractores no existían, pues alguien había decidió colocar varias canchas de fútbol en la parte superior del local, lo que hizo que el humo rápidamente ocupara todo el boliche. Los quince extintores colocados por en el interior de la sala de poco sirvieron, pues diez de ellos se encontraban inutilizados. Por si fuera poco, las personas contratadas esa noche para llevar a cabo los primeros auxilios en el caso de que fueran necesario-y vaya si lo fueron esa noche-, no fueron capaces de hacer nada, pues no tenían ninguna preparación para llevarlos a cabo, el encargado del local había decidido contratar gente sin preparación para cubrir el expediente y ahorrarse dinero.

Parte del santuario donde se recuerda a las víctimas. Las zapatillas que allí cuelgan son las que se encontraron amontonadas los bomberos al entrar en el local. Son el símbolo de la tragedia de Cromañón.

          Muchos de los jóvenes que ese día ocuparon el boliche fallecieron, pero muchos más fueron heridos graves-más de mil cuatrocientos-, y una gran parte aún siguen sufriendo los síntomas tanto físicos como psíquicos de la tragedia, incluidos suicidios y tentativas debido a graves depresiones.
          
           La tragedia trajo muchos cambios en las leyes de locales y boliches, concienció a la población de lo peligroso de no respetar las leyes en los lugares donde se juntan muchas personas, y además hizo que la legislación sobre normas de seguridad se volviera más dura e intransigente con las faltas-aunque esto como en tantos lugares solo sirvió los primeros años, siendo hoy de nuevo bastante laxos-. Por su parte los juicios buscando a los verdaderos culpables siguen hoy en día. Entre otros se ha acusado a los músicos del grupo, la empresa a nombre de quien estaba el local, el supuesto dueño y un largo etcétera. Hasta hoy el único que se vio salpicado y debió abandonar su puesto fue el por entonces legislador de la ciudad; Aníbal Ibarra, al que todas la miradas apuntaron en un primer momento, algo que no le ha servido de cortapisa para presentarse este mismo año a las elecciones para ocupar el puesto que debió dejar por su poco cuidado en las leyes de seguridad. Por suerte se candidatura fue desechada por el pueblo en la primera ronda.

El lugar a día de hoy sigue siendo terrible, el local se derribó en parte, pues quedó prácticamente arrasado tras el infierno terrenal de aquel 30 de diciembre, donde se alcanzaron los cuatrocientos grados centígrados. Ese predio y parte de la vereda se ha convertido en un santuario en recuerdo de los muertos, pidiendo justicia para su memoria y sus familias. Los murales pintados por familiares, amigos y artistas locales han ocupado todas las paredes de los edificios cercanos, los nombres de los fallecidos lo ocupan todo, sus fotos en blanco y negro aparecen en mitad del lugar, y también en muchos de los quioscos de prensa de la plaza del Once, en el centro del barrio de Balvanera. Pero si hay una cosa que señala el lugar, y que te encoge el estómago son las zapatillas deportivas que cuelgan en racimos, son decenas de ellas, sostenidas de diferentes cuerdas que cruzan la pequeña plaza homenaje. Esas zapatillas son de los muertos y heridos de ese día, fue lo primero que se encontraron los bomberos cuando entraron en el local después de la tragedia.

Portada dedicada a los fallecidos en la tragedia de Cromañón por la publicación Rolling Stone


viernes, 28 de agosto de 2015

EL SABLE DEL GENERAL


            El paseo fue asunto de estado, las críticas y las alabanzas no se hicieron esperar, los partidarios de una y de otra idea no tardaron en lanzarse discursos encendidos y exabruptos en las tertulias televisivas y en los cafés. El asunto del traslado del sable del general San Martín desde su actual lugar de reposo, en el Regimiento de Infantería de Patricios en Palermo, a su nueva sala del Museo Histórico Nacional en San Telmo, alborotó más los ánimos de unos y de otros, marcando de nuevo la frontera del conmigo o contra a mí. Una situación social y política muy marcada en la Argentina y que parece un fiel reflejo de lo que también se hace en España. Lo malo se pega rápido y fueron muchos siglos de sangre mezclada.

            El caso es que dio igual que unos se quejaran, que se negaran al cambio de ubicación del mayor símbolo del prócer libertario de América Latina, pues el sable corvo del general San Martín después de muchos viajes, robos, desapariciones, acusaciones y alguna que otra restauración, llegó a la vitrina central de una nueva sala del museo, preparada solo para acogerle a él.

            Los problemas políticos, las pseudoideologías que todo lo embarran y las cabezonerías periodísticas, convirtieron lo que se suponía un día de fiesta en un continuo despilfarro de acusaciones y de teorías conspiranóicas de novela de ciencia ficción. Aderezado todo al final del recorrido, ya en el parque Lezama, por los palmeros gubernamentales. Un Sin Dios, que diría el bueno de José Luis Cuerda. 


          Recuerdo haber visto la primera parte del recorrido del traslado del sable por la televisión pública mientras tomaba el primer café de la mañana-era fin de semana-. El coche militar donde se exhibía el sable avanzaba despacio por la avenida del Libertador, rodeado de pomposos caballos y miembros de la infantería del regimiento de Patricios. Los atisbo parando junto a la Torre de los Ingleses, al lado de Retiro, para en la plaza San Martín rendir honor a los caídos en la guerra de las Malvinas-es curioso como en el país se rinde honor a los caídos en esa guerra, mientras no se escucha ni se atiende a los veteranos de la misma, que llevan meses acampados en la plaza de Mayo-, para después seguir avanzando por Leandro N. Alem hasta la catedral. Fue en ese momento, cuando el sable era desanclado del coche militar para entrar a rendir tributo a su antiguo dueño, el cual descansa en una de las capillas laterales de la catedral metropolitana de Buenos Aires, cuando apagué el televisor y decidí salir a la calle. Crucé avenida 9 de Julio y dejando atrás la avenida de Mayo, callejeé por Monserrat y San Telmo llegar a la parte baja de la avenida de la Independencia, esquina con paseo Colón.

            La afluencia no era masiva como supongo se había esperado en un primer momento, que fuera un día de fiesta cercano a un fin de semana no ayudaba a que los bonaerenses acudieran, pues muchos se encontraban fuera de la ciudad. Además, el cortejo se había trasladado de día para evitar la lluvia del sábado sin apenas haberse anunciado dicho cambio. Unos hacían fotos, otros aplaudían, la mayor parte miraba sin más. Recuerdo a unos bomberos casi a la altura del comienzo de La Boca, venían en su camión y al ver pasar el cortejo se bajaron y solemnemente se cuadraron ante la espada curva, pero poco más. El desfile siguió hasta el parque Lezama donde finalizaría con la llegada del sable a su nuevo hogar. Allí como digo le recibió la presidenta y un nutrido grupo de palmeros con banderas de diferentes partidos, algo que siempre me produce desazón y disgusto. Los héroes deberían ser de todos y no de unos pocos. Nunca me han gustado los que se envuelven en banderas o se parapetan detrás de símbolos históricos para hacer política, me parecen arrogantes y peligrosos. Tanto en Argentina como en España siempre he pensado que algunas fiestas, algunos actos debería ser solo del pueblo, nada más. 

Tumba del general San Martín en el catedral de Buenos Aires.

          Tal vez por eso, en este caso estoy de acuerdo con los que dicen que el sable debe estar en el Museo Histórico Nacional, porque es del pueblo. Y un sable histórico como ese, no debería estar en ningún otro sitio que en un museo histórico público, junto al resto de sables de héroes y próceres de la reciente historia argentina. No me sentí a gusto cuando lo visité por primera vez dentro del regimiento en activo del ejército argentino, no me gustan los cuarteles-salvo cuando son exclusivamente museos-, y por eso creo que las piezas históricas deben conservarse en los museos. Eso sí, con un sistema de seguridad superior al que el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires tenía hasta hace poco, para evitar así nuevos robos, que lo cortés no quita lo valiente. 


jueves, 27 de agosto de 2015

DESAPARECIDOS


               Los desaparecidos de la última dictadura militar argentina son un tema bastante recurrente en novelas y películas, he visto y leído bastantes durante estos meses, pero a mí me ha costado enfrentarme al tema, no porque no crea que es importante, sino exactamente por lo contrario. Me daba miedo enfrentarme a ello de una forma inocua, soluble, cuando creo que en realidad el asunto es mucho más farragoso que la mirada que se le da actualmente. Como una herida cicatrizada por fuera, pero que siguen sangrantes y doliendo en el interior de propios y extraños.

            Desde el primer momento que puse un pie en las calles argentinas, que charlé y observé comentarios y situaciones, me di cuenta de que los desaparecidos argentinos son los desaparecidos más presentes de la historia reciente de esta casa de putas que algunos aún nos empeñamos en denominar mundo. Una historia oscura en un país que lleva demasiado tiempo metido en la nube negra. Ciertamente me parece muy bien que estén presentes, que sirvan como piloto de alerta para que el asunto no se repita, una señal de bombardeo antiaéreo sonando en casa puerta, esquina o barrio, donde se colocan esas placas oficiosas y fabricadas por amigos y familiares de las víctimas-como ocurre también con las que hay en la avenida de Mayo, en recuerdo de los muertos durante las protestas por el corralito y la estafa de 2001-.

            Lo que no me gusta ya tanto-ni en Argentina ni en ningún lugar del mundo-, es que se usen los desaparecidos y su memoria para hacer política. Los muertos de una locura, sea dictadura, guerra, accidente o catástrofe deben de ser de todos, de todos los civilizados, coherentes y buenas personas que detestan las muertes injustas, claro. Lo contrario para mi es ensuciar su memoria, la de su familia y la de todos los que sufrieron en sus carnes la persecución, la prisión, la muerte y el exilio. De eso en España sabemos mucho, pues allí no vale con acabar con tu enemigo-no sabemos tener contrincantes o detractores, todos son enemigos mortales, otro síntoma más de que el mundo se va por el sumidero-. En la historia española se ha repetido el asunto, la persecución. No vale con hacer callar a tu enemigo, tienes que matarlo, esconder su cadáver, rapar y dar aceite de ricino a su mujer y exiliar a sus hijos. Solo así el exterminador queda tranquilo, aunque luego a alguno se le aparecen sus muertos cuando está a punto de morir y no sabe lo que le pasa, donde meterse. Justicia divina supongo. 


             Ese cainismo tan español que duele, se mezcla con los genes de algunos argentinos. Fueron muchos años de Imperio español para que no se les pegaran los dejes de maldad, envidia y soberbia de la madre patria. Y claro, al final todo este batiburrillo de genes explotó por el peor de los lados.

            El caso-que me voy del asunto principal-, es que la ciudad está plagada de estas placas de color terrosos, animadas cromáticamente por pedazos de azulejos que se intercalan con las letras de forma caseras, en color blanco, que dan forma al nombre del desaparecido, del militante y la fecha en que se convirtió en  humo-casi todos entre 1975 y 1977-. Un recuerdo necesario, higiénico para la conciencia histórica y moral. Otras similares, recuerdan donde estuvieron los centros clandestinos de detención y de tortura.

            Algo similar a lo que ocurre con las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, un grupo de mujeres valientes, que se enfrentaron a los verdugos desde el interior de la madriguera de la serpiente, que se parapetaron ante la Junta Militar para llamarles asesinos cara al mundo, todo mucho antes del fin cantado de la Guerra de las Malvinas, y la conferencia de prensa absurda y doliente del bastardo Galtieri, que dejara claro que los militares usaron esa guerra para huir hacia adelante, intentando mantener un poder que hacía tiempo que había muerto, y que se dedicó a engañar a un país entero durante ese año, a sabiendas de que todo el que era enviado a esa guerra lo hacía para morir por una lucha perdida de ante mano,  una lucha que ningún miembro del gobierno militar quiso ganar. Estas protestas en la cueva del lobo, les valió a muchas llevar el mismo camino que sus hijos. Otras desaparecidas más, como se deben considerar a los muertos en esa guerra que bien sabían que iban a perder desde el primer momento todos los Galtieri del gobierno.

             Esas mujeres como digo, merecen todo el respeto de la gente de bien, de todos los que luchan por evitar una nueva masacre, y que si viviéramos en un mundo justo hace años que hubieran recibido el Nobel de la Paz. Más allá de que ahora de nuevo se use su lucha, su valentía, para hacer una política que nada tiene que ver con su lucha. Ellas se pusieron delante de cualquier sigla, de cualquier pancarta y lucharon cara a cara sin armas y de forma pacífica contra los verdugos, y ahora muchos se esconden detrás de ellas, de su símbolo y de sus muertos para sumar votos.