viernes, 13 de febrero de 2015

LA CIUDAD DEL OXÍMORON



          Llegar por primera vez a Buenos Aires es inmiscuirte en el mayor caos calmado de Latinoamérica, donde los bosques y los jardines se mezclan con la avenida más ancha del mundo y no solo se compenetran a la perfección, sino que se hacen invivibles el uno sin el otro. Donde las grandes distancias son tan cercanas como una numeración sencilla de cuadras y comunas. Donde, incluso, las más inhóspitas y desconchadas calles y esquinas te saludan con hospitalidad gaucha y porteña.

            Una ciudad enorme y fría que se vuelve cercana y cálida en cuanto pasas un par de días en sus calles, hablando con su gente y tomando sus pésimos recuelos en sus maravillosos cafés y restaurantes. Buenos Aires es como ninguna la ciudad del oxímoron, de los enemigos íntimos que no pueden ni quieren vivir sin sus contrarios.

            Pero como ya dije algún día sobre otras ciudades Europeas, Buenos Aires también es la ciudad de las mil ciudades. Hay una selectiva cantidad de ciudades que son muchas a la vez, en las que cada barrio, incluso cada calle te evoca otros lugares del planeta. Sensaciones, construcciones o sentimientos, que repentinamente te trasladan a un café de Lisboa, a un parque de París, a una esquina de Nueva York, a una cervecería belga, a un bulevar berlinés o a la Kasbah de Tánger. Para de repente devolverte, regurgitado, al centro de Buenos Aires y notar que en vez de sentirte desconcertado te vuelves bálsamo y recogimiento.

            De nuevo noto que me siento observado, perseguido por algo que ya he sentido hace años y que vuelve a mi vida cada cierto tiempo, en según qué lugar y ciudad. Sabía que en ésta lo volvería a sentir. Cortázar aparece en cada esquina, y Rayuela, y sus Cronopios y sus Famas se transforman en camareros, en parejas que toman mate sentados en un banco de Puerto Madero o en el anciano que me cuenta la vida de su librería de Corrientes. Por donde entre teatros y pizzerías, Oliveira y su Maga, se esconden de mi mirada como si jugaran una vez más al cíclope.

            Pero no solo Córtazar vuelve a mí, lo hace Borges, el flaco Spineta, el salmón Calamaro, Gardel, Troilo, Piazzolla, Piglia... Mi querido Ernesto Sabato, al que leía entre sorbos de café al poco de pisar por primera vez esta ciudad, para enterarme que realizó sus estudios universitarios en la misma universidad con la que colaboraré durante los próximos meses. Algo que me llenó de dicha y responsabilidad. En fin, estos días vuelven a mis recuerdos, a mis evocaciones, todos aquellos que me enseñaron la maravillosa ciudad del oxímoron muchos años antes de que plantara mis pies y mi vista sobre ella por primera vez.

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